Gokuraku

HOW TO ENJOY A TRAPPIST BEER

FIRST, SOURCE YOUR BEER.

 Trappist beers are all living products. They are bottled with yeast, which continues to mature and develop the beer’s flavor in the bottle, up to a point when it will then ʺturnʺ and become sour, skunky, or otherwise unpleasant.

Living beers do not like to be kept for long periods much below 37°F or above 68°F, so find a beer store with a track record that suggests it buys its beers from reliable importers and distributors.

Bottles need to be treated with similar respect once you bring them home. The perfect cellar temperature is between 46°F and 54°F. There is no need to obsess about humidity. Avoid refrigeration usually and direct sunlight always. Store the beer upright.

  BEERS AGE WITH VARYING DEGREES OF GRACEFULNESS.

 Stronger beers (8 percent alcohol by volume and above) age better because alcohol is a preservative. Darker beers improve more than paler ones. Larger bottles (24 ounces and above) aid flavor development.

The Trappist beers that keep best in the cellar are Achel Extra Bruin (9.5 percent), Chimay Grand Reserve (9 percent), Rochefort 10 (11.2 percent), Westmalle Tripel (9.5 percent), and Westvleteren Extra 8 (8 percent) and Westvleteren 12 (10.2 percent). Three years’ aging is rarely a problem for these brews, and many bottles age reverently for a decade or more.

Trappist beers of lesser strength are usually best enjoyed within a year of production.

HOW TO SERVE TRAPPIST BEER

The best serving temperature for any fine ale is 50° to 54°F—the historical meaning of ʺroom temperature.ʺ This allows for a little warming while it is being enjoyed, with the full array of flavor components in an ale coming through at around 59°F.

To pour, take a chalice-shaped glass such as those used to serve Trappist and other Belgian ales—though a large balloon wineglass will do just as well—and tilt it slightly. Pour the beer held from an inch or two above the glass’s rim so that it flows smoothly, hitting a spot just off the center of the base of the glass.

Continue pouring as a single action, with as strong a flow and as few glugs as you can manage, until you start to see a slick of yeast advancing toward the neck of the bottle. Stop pouring.

With luck and practice this should leave you with a two-thirds-full glass of more or less clear beer sporting a sizable foaming ʺhead,ʺ and half an inch of beer and sediment still in the bottle.

After enjoying all but the last mouthful of the beer, a true Belgian would swirl the sediment around in the bottle, add these cloudy dregs to the beer, and drink this in a single gulp. Personally, I prefer to pour the dregs down the sink.

HOW TO BE SURE IT’S A REAL TRAPPIST BEER

image

Trappist beers can be found at fine grocery stores such as Whole Foods. Just be sure to look for the small logo on the label that  says AUTHENTIC TRAPPIST PRODUCT. Otherwise, it’s easy to be misled by beer labels that feature monks and abbeys but aren’t made by them. In fact, if there’s a monk on the label, it isn’t a Trappist beer—it’s what is commonly called an abbey ale, an ale that is made by a commercial brewer in the style of a Trappist beer.

Commercial brewers like to put monks and abbeys on their labels because the true Trappist beers have such a high reputation for quality and taste. To confuse things even further, some monasteries that once made beer have licensed the names of their abbeys to commercial producers. So how does one find the real thing, and why does it matter?

Only seven beers in the world qualify as Authentic Trappist Products: Achel, Chimay, Orval, Rochefort, Westmalle, and Westvleteren, all in Belgium, and Konings- hoeven in the Netherlands. Two other monastery food products use the logo: Orval cheese and liqueurs from Our Lady of Saint Joseph (aka Lilbosch Abbey) in the Netherlands.

The Authentic Trappist logo is more than just an advertising gimmick. It guarantees that a beer has been made at an abbey, either by monks and nuns or under their supervision, and that all profits are used to support Trappist monasteries (especially Trappist foundations in Africa) or for charity.

Source: A Taste of Haven by Madeline Scherb

El juego del hombre

Ángel Fernández, el locutor que renovó el imaginario del fútbol y decidió mi vocación por la palabra, cumplió 80 años en agosto de 2005. No quisiera prestigiar mi infancia diciendo que fue «dramática», pero sin duda fue un periodo gris, determinado por miedos y vacilaciones. En esa época en que yo era un deportado psicológico, la primera señal de rescate llegó en la voz del hombre que narraba los partidos como gestas de La Ilíada.

Ángel vivió un momento decisivo en la cultura de masas, el paso de la radio a la televisión. Formado en la escuela radiofónica, donde había que precisar el rumbo de la pelota, entendió que la televisión comportaba otros desafíos. De poco sirve explicarle al espectador lo que está viendo. El rapsoda del estadio Azteca se desentendió del discurso objetivo y convirtió la cancha en un pretexto para la metáfora. Enemigo de la mesura, creó un tejido narrativo en el que intervenían poemas, canciones, anécdotas y epigramas que delataban el eléctrico estado de su mente. Cuando Cristóbal Ortega debutó con el América dijo en forma inolvidable: «Señoras y señores, hemos vivido en el error: ¡América descubrió a Cristóbal!» Sus alardes fueron legión… Un lateral alemán avanzaba con enjundia: «Ahí viene Hans Peter Briegel, que en alemán quiere decir ‘Ferrocarriles Nacionales de Alemania’». Un jugador se encaraba con otro: «’El Alacrán Jiménez’, echando mano a sus fierros como queriendo pelear». Enrique Borja, de célebre nariz, se convirtió en el «Gran Cirano», y Cabinho, delantero que se reía al fallar goles, en el «Hombre de la Sonrisa Fácil». El bautizador universal apodó equipos enteros: el Cruz Azul de la gran época («la máquina que pita y pita») se transformó en «La Máquina Celeste», imagen que desbancó al fabril mote de «Cementeros». En plan humorístico, Ángel ofrecía falsas explicaciones de lo real. Cuando la cámara se acercaba a las siglas en el pecho de los soviéticos (CCCP), comentaba: «¿Saben qué significa eso? ¡Cucurrucucú Paloma!»

Hay algo que antecede a toda inclinación literaria: el descubrimiento de las palabras como símbolos mágicos. De golpe, el idioma utilitario se transforma en un mecanismo de invención. Concedemos poca importancia a este rito de paso, que suele provenir de un estímulo «popular», prejuicioso sinónimo de lo intrascendente. Y, sin embargo, el rumbo de una vida puede cambiar con un hombre que grita en un estadio. Porque Ángel gritaba como nadie. Después de romper el récord de duración de la palabra «gol», hacía una pausa para que se oyera «la voz del Azteca». Dueño de un timbre poderoso, convertía el juego más aburrido en epopeya: «¡Se hunde la nave… niños y mujeres primero!»

La primera vez que hablé por teléfono con él, hace casi veinte años, sentí un sobresalto al oír en forma privada el tono épico que encandiló mi infancia. Entonces supe que Ángel vive en continuo trance narrativo. Mi apellido le sonó familiar y preguntó a qué se dedicaba mi padre. «Es filósofo», contesté. «Ah, es un amigo de Kant», dijo la voz canónica. Al llegar a su casa, un jardinero venía detrás de mí, portando una guadaña: «Ahí viene Excálibur», comentó Ángel. Su inventiva llegó a un momento cumbre cuando el Che Ventura y otros colegas le hicieron un merecido homenaje. Ángel tomó un micrófono y nos formamos para felicitarlo. Acto seguido, ¡narró los abrazos! A cada quien le recordó un récord, una lesión terrible, un lance inolvidable, su atributo homérico.

He oído a Ángel comentar la correspondencia erótica entre Joyce y Nora Barnacle, la forma de vestirse de Bill Clinton, la secreta geometría del billar, los gloriosos tiempos de la minifalda y la pintura de María Izquierdo, de quien fue un temprano coleccionista. Esta curiosidad sin freno le sirvió para articular datos insólitos. Algunas de sus frases eran joyas para conocedores. Cuando el portero alemán Schumacher estuvo a punto de matar a un delantero, exclamó: «Le hundió el acero hasta donde dice ‘Solingen’». Tardé años en saber que los mejores cuchillos alemanes llevan en la hoja el nombre de la ciudad donde fueron fundidos: Solingen.

Un detalle en apariencia trivial le servía para resumir un destino. Una tarde participamos en una presentación con el Pipiolo Estrada, mítico portero del Necaxa. Ángel encogió los dedos y dijo: «Tengo las manos engarrotadas de tanto treparme a las alambradas del Parque Asturias para ver jugar a este hombre. El Pipiolo tenía todo lo que yo quería tener y no podía ser mío. Ustedes se preguntarán qué era eso… ¡Un suéter de cuello de tortuga!» ¿Hay mejor forma de recordar la elegante estampa de un guardameta que esta significativa bagatela?

Ángel también ha sido grande por escrito, según revela esta descripción de Cid y Mulet, pionero de la historiografía del fútbol mexicano: «Un día, envuelto en el alarido del Estadio Azteca, pasó con su aire melancólico, el cabello revuelto y sus hijos haciéndole de guardianes. Era el hombre que se compenetró de tal manera con la historia del fútbol que le costaba trabajo volver a respirar tranquilo, después de esos años en que estuvo escarbando, preguntando, con una libreta y un lápiz ágil. Fue a los lugares más insólitos y los ojos se le pusieron rojos de tanto meterse entre el altero formidable de recortes de diarios, en las hemerotecas. Tenía la nariz negra de la pólvora de la tinta cuyas líneas seguía con el olfato de un perro cazador, como si el destino quisiera condecorarle por su persistencia en la búsqueda».

Esta escritura excepcional fue relegada en favor de la más histriónica tarea de locutor. Para Ángel la crónica es un hecho teatral desde que atestiguó el incendio del Parque Asturias. Ese día, no vio la cancha sino las tribunas. Ante el pánico, la ira y la pasión de la multitud, entendió el sentido profundo del fútbol, su imán simbólico. A partir de ese momento vincularía hechizos momentazos con perdurables mitologías.

Siguiendo al antropólogo Desmond Morris, se refería al fútbol como «El juego del hombre». Su verdadero juego fue el de la palabra. Hace unos meses le recordé algunas de sus proezas. Me vio con sorpresivo afecto, como si no recordara tantas y tantas imágenes. El rasgo más noble de la cultura popular es que reparte la inspiración individual. La obra de Ángel Fernández está en quienes recordamos sus fogonazos, pero también en quienes repiten sus hallazgos sin saber que son de él. «¡Me pongo de pie!», exclamaba el locutor ante un lance meritorio. Importa poco que yo me ponga de pie ante sus logros, pero importa mucho que se ponga de pie el niño de Mixcoac al que le reveló el juego del hombre.

Juan Villoro

Barbosa: el hombre que murió dos veces

En ocasiones, el tiempo del futbolista se cumple tan cabalmente en la cancha que su vida fuera de ella semeja una borrosa posteridad. El reloj de la reputación no siempre se ajusta al de la biología.

El 8 de abril de 2000 murió Moacyr Barbosa, primer portero negro de la selección brasileña. Unas 30 personas se acercaron a velar el ataúd cubierto por la bandera del desaparecido equipo Ypiranga. Poco antes de que el féretro fuera trasladado al cementerio, un directivo del Vasco de Gama llevó una bandera del club de la franja negra.

En un país donde los futbolistas alcanzan el rango de semidioses, Moacyr Barbosa fue despedido como un fantasma. Poco importó que el portero hubiera contribuido a darle cinco títulos de la liga de Río y un título de Sudamérica al Vasco de Gama. Su tragedia se cifró en un instante del que no podría recuperarse.

La escena ocurrió el 16 de julio de 1950. El recién inaugurado Estadio Maracaná reunió a doscientos mil fanáticos—para la final de la Copa del Mundo entre Brasil y Uruguay. De acuerdo con el reglamento de entonces, el equipo sede le bastaba un empate para levantar el trofeo. Los periódicos de Brasil ya tenían listos los titulares  del día siguiente con desaforados vítores para la oncena verde amarilla. Por su parte, Jules Rimet, inventor de los mundiales, llevaba un discurso en el que elogiaba la destreza de los futbolistas cariocas y la calidez de su público. Aquellas palabras no abandonaron el bolsillo de Rimet.

Más de medio siglo después, millones de brasileños recuerdan el partido. Incluso quienes no lo vieron conocen el episodio que paralizó a un país. Brasil comenzó ganando, con un gol de Friaça, y la torcida pensó que los suyos conquistarían la primera copa de su historia. Cuando Schiaffino anotó para Uruguay, el gozo se mitigó sin apagarse del todo: el empate disminuía la épica pero bastaba para que Brasil saliera campeón. Un lance de muerte decidió el partido: Ghiggia lanzó un tiro cruzado y Moacyr Barbosa, guardameta curtido ante las roscas más sofisticadas del planeta, viajó en pos del balón. La subjetividad de los héroes no siempre tiene que ver con la realidad. El último hombre de Brasil tocó la pelota y se desplomó con alivio en el pasto sagrado de Maracaná. Estaba seguro de haber desviado el tiro de Uruguay. El silencio lo devolvió a un país de espanto donde lo observaban doscientos mil espectadores mudos. La pelota estaba en las redes. Uruguay se había puesto 2 a 1.

image

En la película que narra la vida de Rey Pelé, éste es el momento en el que el joven león se lanza sobre el radio y lo golpea entre sollozos. Brasil perdía en su propia cancha, contra todos los pronósticos. La historia de Pelé iba a ser, en buena medida, la historia de una enmienda. Sus más de mil goles estarían destinados a corregir el que no pudo detener Moacyr Barbosa.

En su relato “Un minuto de ausencia”, François Bott recuerda el triste lance de Luis Arconada, guardameta de la selección española en la final de la Copa Europea de Naciones de 1984. Aunque la Francia de Platini era clara favorita, la victoria legó de un modo inverosímil, con un disparo que hubiera sido atajado en el patio de cualquier escuela. Como si en esa jugada cumpliera la profecía de su nombre, Arconada dejó pasar una pelota tibia que sólo por error podía ser importante.

El drama de Barbosa fue distinto; no cometió una pifia evidente como Arconada: se despistó ante el destino. Creyó hacer lo correcto y de pronto volvió a un mundo que lo veía como un villano.

El protagonista del cuento de Bott es Antoine Mercier, portero curtido en lances difíciles que fracasa ante una jugada simple. ¿Qué sucede? En el momento clave de su carrera, el solitario del equipo hace lo que suelen hacer tantos porteros: piensa de más, se distrae, revisa su vida en cámara lenta. Durante un dichoso lapso de abstracción deambula por sus recuerdos como por un laberinto, se aísla del entorno, tal vez inferior pero más urgente, en el que debe detener una pelota. El tiro enemigo no lleva mucho peligro dentro, pero él está inmerso en su “minuto de ausencia”.

Al igual que Mercier, Barbosa cayó dentro de sí mismo antes de caer en el césped. Curiosamente, su felicidad no se debía a recordar, como su colega francés, un grato episodio sentimental, sino a la infundada creencia de haber hecho lo correcto. Su tristeza se vio agravada por la dicha que la había precedido. Moacyr Barbosa fracasó en su estado de perfecta ilusión, y luego lo supo, y fue peor. “Toda una carrera y toda una vida destrozadas por un minuto de ausencia”, escribe François Bott a propósito de su protagonista.

El trágico portero de Maracaná siguió jugando hasta 1962, y aún obtuvo varios títulos con el Vasco de Gama. En una pieza magistral del periodismo deportivo, escribió Eric Nepomuceno: “Fue siempre un arquero eficaz, elegante ágil, un cuerpo elástico que se dirigía con rápida precisión a la pelota. Pero cometió el peor de los fallos: no logró atrapar la pelota decisiva”. Por su parte, Eduardo Galeano lo recuerda de este modo en El fútbol a sol y sombra : “ a la hora de elegir el arquero del campeonato, los periodistas del Mundial del 50 votaron, por unanimidad, al brasileño Moacyr Barbosa. Barbosa era también, sin duda, el mejor arquero de su país, piernas con resortes, hombre sereno y seguro que transmitía confianza al equipo”. Sin embargo, el prestigio entre los especialistas no pudo devolverle el cariño de la fanaticada.

Los prejuiciosos que nunca faltan lo acusaron de carecer del temple de los jugadores blancos. El primer portero negro de la selección  brasileña tuvo que sufrir la derrota y el desprestigio de su sangre.

Barbosa se jubiló con una pensión de 85 dólares mensuales que luego le mejoró el Vasco de Gama. Durante noches sin número soñó con el gol del desastre y padeció toda clase de humillaciones públicas. En una ocasión, una mujer lo señaló en la calle y le dio a su hijo pequeño: “Ese es Barbosa, el hombre que hizo llorar a un país”.

En 1993 la televisión inglesa rodó un documental para preparar el ambiente del Mundial de Estados Unidos. El equipo de grabación quiso que Barbosa visitara a la selección brasileña, pero el entrenador, Mario Lobo Zagallo, le negó la entrada para impedir que el embajador de la mala suerte contagiara su desgracia a sus muchachos. Cuando lo interrogaron acerca de este incidente, Barbosa miró a una cámara con ojos desolados y dijo que en Brasil la condena máxima por un crimen era de 30 años. En un país sin cadena perpetua sólo él estaba condenado de por vida.

Clotilde, la esposa de Barbosa, murió en 1997. Moacyr la sobrevivió tres años, tiempo suficiente para comprobar el tamaño de su soledad. Finalmente, a los 79 años, el guardameta cayó por última vez.

La primera muerte de aquel hombre había ocurrido medio siglo antes, en la soleada cancha de Maracaná. Recuperemos el trance en la imaginación: Ghiggia lanza su tiro cruzado y el arquero va en pos de la pelota. Sus manos tocan el esférico y lo desvían levemente. Congelemos para siempre la estirada de Moacyr Barbosa. Un joven portero negro está en el aire; siente el contacto con la pelota y cree que ha salvado a los suyos. Es feliz. Está ahí, aislado en el silencio de lo que aún no  se decide, en el instante en que merece que lo recordemos.

Juan Villoro.

Guillermo del Toro de niñovía youtube

Guillermo del Toro de niño
vía youtube

Paiki: Superman, toma 3

ruys:

image

(Con spoilers.)

Mi primera reacción en Twitter fue “No me gustó Man of Steel”. No dije más ahí, pero esto es lo que sigue de esa opinión:

En algún momento hacia el final de Man of Steel, los edificios caen uno tras otro. Dos kryptonianos con fuerzas metahumanas, Kal-El y el general Zod,…

(Source: ruys)

"El vino y el hombre son tan parecidos, por no decir que son idénticos. El vino nace de la tierra, al igual que el hombre, que abre sus ojos al mundo como parte del racimo que cuelga de uno de los tantos brazos del gran dador de vida; de Dios, de la naturaleza, como tú le quieras llamar; y su forma última depende de la educación, de lo que aprende en el camino, de la experiencia, de lo que le aporta la vida misma como aporta sentido la barrica a la vid. Al final, el vino es el resultado de las acciones, como resulta también el espíritu de cada hombre. Tan distinto uno del otro. Solo eso queda, el resultado de las acciones. Después de la muerte, El hombre se vuelve aire y la uva se transforma en vino; pero el camino recorrido hasta llegar a la garganta de Dios, ha sido el mismo…” Tulio Zuloaga

"El vino y el hombre son tan parecidos, por no decir que son idénticos. El vino nace de la tierra, al igual que el hombre, que abre sus ojos al mundo como parte del racimo que cuelga de uno de los tantos brazos del gran dador de vida; de Dios, de la naturaleza, como tú le quieras llamar; y su forma última depende de la educación, de lo que aprende en el camino, de la experiencia, de lo que le aporta la vida misma como aporta sentido la barrica a la vid. Al final, el vino es el resultado de las acciones, como resulta también el espíritu de cada hombre. Tan distinto uno del otro. Solo eso queda, el resultado de las acciones. Después de la muerte, El hombre se vuelve aire y la uva se transforma en vino; pero el camino recorrido hasta llegar a la garganta de Dios, ha sido el mismo…” Tulio Zuloaga

The Raven read by James Earl Jones.
Recordando a Edgar Allan Poe en su cumpleaños #SóloEsoYNadaMás